Juan Ignacio era muy consciente de cómo lo que vale para el lector es lo que vibra con él, lo que le estremece. Cada uno, con su sismógrafo invisible, ha de detectar las pulsaciones que le marcan los latidos con los que se siente acorde.

 

Para no estar solo.

 

Leer para releer. Ligarnos y religarnos a los otros: al mundo, a la vida, a la verdad.

 

Pasar de una espiral a otra espiral como Arquímedes; de uno a otro círculo como Dante.

 

Tomar una buena orientación, el sentido, para lograr el cabal entendimiento del Universo.

 

Esto, nada menos, es lo que posibilitan los maestros de la palabra. De la palabra creadora como unidad misteriosa de la Idea: transparencia del pensamiento que relaciona al lector con el escritor, cuando éste actúa como un hielo que se hiende cuando la voz se calla.

 

Y es así como el lector de este hombre que sabía demasiado de tantas cosas –de la Regenta, de los endecasílabos, de las obras de teatro en un acto, de la mejor crítica… ¡de la novela toda!–, llega a encontrar la verdad, a veces como un obstáculo, y la claridad como un temor… Lo que le obliga a seguir y seguir, o a  buscar a tientas, como el pájaro aparentemente ciego bajo la bóveda.

 

Fragmento de "Requiem por Juan Ignacio Ferreras",

de Antonio Fernández Heliodoro

1929 – 2014

in memoriam

Juan Ignacio Ferreras

En memoria de Juan Ignacio Ferreras, fallecido en Madrid en agosto de 2014

 

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